17 de Agosto de 2018

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LAS MICRO, PEQUEÑAS Y MEDIANAS EMPRESAS EN LA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN Y DEL CONOCIMIENTO

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Por Claudia Beatriz Cao. Desde hace aproximadamente 30 años, diferentes intelectuales han argumentado en torno a los cambios profundos que se sucedieron en el escenario mundial.

Dichos cambios han clausurado un orden existente –el de la sociedad industrial- dando paso a otra realidad caracterizada por la vertiginosa circulación de la información y la centralidad del conocimiento.

Hacia 1970 Alvin Toffler reconocía que el mundo se asomaba a una nueva época; un orden social distinto que reemplazaba los fundamentos de la etapa industrial fordista caracterizada por el trabajo manual y la producción en serie. En su libro Future Shock, el autor describía la evolución de la humanidad dando cuenta de la existencia de tres grandes momentos históricos. Si la agricultura había sido la primera etapa del desarrollo económico y la industrialización la segunda, una tercera etapa –que él denominaba la tercera ola- se consolidaba de manera gradual pero a la vez, contundente.

A comienzos de los años ’80, John Naisbitt propuso la denominación de Sociedad de la Información a la emergencia y consolidación de un nuevo tipo societario claramente observable en los países desarrollados y en los que predominaba, entre otros rasgos: una fuerte tendencia al individualismo; la crisis del Estado – Nación; una creciente tecnificación de la vida cotidiana; la hegemonía del capital financiero; el predominio de valores como la diversidad y la pluralidad frente al paradigma clásico de la homogeneidad cultural; una creciente polarización social con rasgos de exclusión inéditos y la valorización de lo efímero, de lo inmediato, por sobre el largo plazo (1). 

En nuestro país, transformaciones similares caracterizaron el paisaje socio – económico en las postrimerías del siglo XX dejando en evidencia la existencia de una sociedad fragmentada, con significativos niveles de violencia y exclusión social.

Pero si algo tuvieron en común las mutaciones culturales de las últimas décadas tanto en los países desarrollados como en los emergentes, fue el lugar de centralidad que adquirió la educación básica y la formación permanente.

En pocos años, el afianzamiento de la sociedad de la información y del conocimiento ha obligado tanto al sistema educativo como al mundo de la producción y del empleo a construir una nueva ACTITUD respecto del aprendizaje; un aprendizaje que desborda con creces los muros de la institución escolar (en cualquiera de sus niveles y modalidades) para impactar de lleno también, en la actividad del sector empresario. Reconocer que la revolución digital y los cambios culturales recientes borran la frontera históricamente existente entre lugares para la producción y lugares para la adquisición del conocimiento, implica en buena medida admitir la existencia de múltiples entornos alfabetizadores, de los cuales la empresa, es uno de ellos.

En una investigación publicada recientemente, Jorge Gorostiaga (2012) reflexionaba en torno a la obligatoriedad del nivel secundario establecida en nuestro país a partir de la sanción de la Ley de Educación Nacional en diciembre de 2006 (2). En dicho trabajo, el especialista demostraba que muy a pesar de las prescripciones establecidas en el texto legal, en Argentina, los grupos juveniles más vulnerables tienen serias dificultades en permanecer exitosamente al interior del sistema educativo. Son los adolescentes, cuyas edades oscilan entre los 13 y los 17 años, provenientes de sectores sociales con menores recursos económicos y con un desventajoso capital cultural familiar, los que abandonan tempranamente la escolarización. 

En la investigación mencionada, Gorostiaga ofrecía algunas pistas sobre el abandono prematuro del circuito escolar sosteniendo que “la desaceleración en el au¬mento de la cobertura se explicaría, al menos en parte, por la atracción que ha ejercido el mercado de trabajo en un contexto de reactivación económica, y que existen déficits de cobertura para los sectores de origen socio-económico bajo que se arrastran desde niveles anteriores” (3). 

Ahora bien, si en la última década el mercado de trabajo ha sido permeable a la incorporación de mano de obra que no ha podido finalizar en tiempo y forma la educación básica obligatoria, cabe preguntarnos qué otras alternativas de capacitación continua puede y debe proponer el empresariado local en función de esta realidad evidente (4). Investigaciones recientes confirman que muchos de nuestros jóvenes no completan la educación media porque se incorporan tempranamente al mundo del trabajo (5). Por otro lado, sabemos también que no siempre las MIPyMES conciben a la capacitación continua como un factor relevante en la expansión y fortalecimiento de su propia organización. 

En función de lo expuesto, nos preguntamos: ¿Qué hacer para que una nueva ACTITUD hacia la capacitación permanente encarne como valor estructurante, indiscutible, en la actividad empresaria?

Desde nuestra perspectiva, esa ACTITUD, esa DISPOSICIÓN hacia el aprendizaje permanente debe construirse; y esa tarea de construcción en el mediano y largo plazo interpela tanto al sistema educativo como al mundo de la producción y del empleo. 

Estamos convencidos que la capacitación permanente al interior de las micro, pequeñas y medianas empresas no puede darse en forma espasmódica; mucho menos puede quedar librada al azar. Una empresa que efectivamente se preocupa por la actualización de saberes y competencias de sus empleados es una organización orientada a mejorar sus niveles de productividad, eficiencia y competitividad. Un empresario que planifica acciones de formación permanente para su personal es un empresario que ha comprendido que el éxito de su organización “se juega” también, en la compleja confluencia de tres imperativos: los desafíos del contexto, las exigencias del mercado local y el desarrollo profesional de sus empleados. 

Capacitar demanda tiempo, esfuerzo y recursos. También exige disposición, apertura al cambio y humildad frente al proceso de aprendizaje. El camino del aprendizaje además de laborioso resulta siempre fascinante. Pero la disposición para aprender de nuevo, requiere de una apertura al cambio que debe alentarse, debe motivarse previamente desde la propia organización. Hace ya algunos años, Alvin Toffler (1994) señalaba que “los analfabetos del futuro no serán los que no sepan leer y escribir, sino los que no sepan aprender, desaprender y reaprender” (6).

Pero para que las premisas de Toffler arraiguen en suelo nutricio, el empresariado MIPyME debe activar esa disposición hacia el aprendizaje desde su propio ejemplo, desde su propia apertura mental, transitando por los desafiantes laberintos en los que mora la innovación y el conocimiento.

Dado que hemos planteado que la capacitación permanente en las empresas no debiera concebirse como una actividad espasmódica, desarticulada del proyecto productivo / comercial, consideramos pertinente que al interior de las MIPyMES se promueva la existencia de algún actor institucional que de manera focalizada e intencional diseñe trayectorias formativas teniendo en cuenta el perfil poblacional de cada empresa; las exigencias provenientes del mercado en el cual funciona y los imperativos de competitividad específicos de cada sector.

El camino del cambio organizacional y de la formación permanente del personal va de la mano. No se excluyen; por el contrario, se complementan y se enriquecen con el paso del tiempo. 

Un empresariado MIPyME sensible a la importancia de la capacitación continua puede transformar su propia organización en un dispositivo de producción de conocimiento aplicable/retornable a su propia competitividad y rentabilidad. Sólo hace falta que asuma como propio el valor del aprendizaje permanente en ámbitos en los que muchas veces ha prevalecido el individualismo de la experiencia, la soledad del oficio y la rutina de lo cotidiano.


(1) Véase Naisbitt, J (1984). Megantendencias. Diez Nuevas Direcciones de Cambio. Edit. Fundación Cerien. Bs. As.

(2) La Ley de Educación Nacional (2006) avanzaba sobre las disposiciones ya existentes en la normativa de los años ´90 (Ley Federal de Educación) extendiendo la obligatoriedad escolar desde el último año del Nivel Inicial (Sala de 5 años) hasta la finalización de la escuela media.

(3) Datos presentados por SITEAL (2011) muestran que ya en 2010 existía un 17% de adolescentes de diecisiete años perteneciente a esos sectores que había abandonado la escuela en el nivel primario. Véase, Gorostiaga, J (2012). Las políticas para el nivel secundario en Argentina.: ¿Hacia una educación más igualitaria?. En revista Uruguaya de Ciencia Política. Volumen 21. N° 1. ICP. Montevideo. Pg. 153.

(4) En los últimos años, muchos de estos jóvenes fueron incorporados por MIPyMES industriales de mano de obra intensiva. Un buen ejemplo de esta caracterización, lo constituyen rubros como el textil, calzado, madera, etc. En un contexto de sustitución de importaciones, la reactivación de estos sectores puso a la vez en evidencia la necesidad de capacitar al personal que se incorporaba a las empresas. El “problema” no era sólo el aprendizaje del oficio específico. El uso de nuevas tecnologías y la “construcción de una identidad laboral” que acompañara el proceso de crecimiento industrial articuló de manera compleja el binomio: Capacitación Permanente–Productividad.

(5) Véase, entre otros, los siguientes autores: Filmus, D y otros (2001): Cada vez más necesaria, cada vez más insuficiente: Escuela media y mercado de trabajo en épocas de globalización Edit. Santillana.
Jacinto, C (2008). Los dispositivos recientes de empleo juvenil.: institucionalidades, articulaciones con la educación formal y la socialización laboral. Revista de Trabajo. Año 4. N° 6.

(6) Toffler, A (1994). La Tercera Ola. Edit. Plaza y Janes.

 

Claudia Beatriz Cao es Magíster en Gestión de Proyectos Educativos. Universidad CAECE. (2008). Título de la Tesis: “Las Reformas del Gobierno y la Gestión del Sistema Educativo: Debates Parlamentarios de la Ley Federal de Educación (1993) y de la Ley de Educación Nacional (2006)”. Calificación: Sobresaliente con Honores. Jurado: Dra. Mónica Pini; Dra. Ana Donini y Dra. María Irma Marabotto.

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